martes, 22 de marzo de 2011

Fiesta de carnaval.

Desde tierras montañosas y en las grandes ciudades, de las tierras desérticas del país y de las cálidas selvas sureñas la juventud de este país se rigen bajo los mismos estándares generales. Los jóvenes son los mismos aquí y allá. Ríen y cantan con los mismos chistes, las mismas canciones. Se aglomeran para hacerlo, no quieren estar solos, les gusta ver a sus amigos reír y ser escuchando al cantar. Se reúnen para recordar que lo pueden hacer, para vivirlo. Los jóvenes recuerdan las viejas fiestas, las anteriores reuniones, las bandas pasadas, la música de antaño; siempre hablan con voz fuerte y resonante; como el bullicio de una enorme cascada y la agitación de un río salvaje, sus vibraciones en el aire fluyen como la sacudida que experimentan los cuerpos de niños en un zoológico.


No tienen razones, no las necesitan. La única que se avala es la de querer pasarla bien. Lo hacen, la pasan muy bien siempre que pueden y siempre que hay tiempo. Se hablan con groserías y no se ofenden, se enojan y vuelven a brindar, lloran y en otro pestañeo ya están festejando, otros más rudos se golpean pero al final de toda la fiesta, al final de todo el carnaval, se van abrazando, riendo, carcajeando... Sus emociones y demostraciones son clima y carnaval de febrero, siempre tan impulsivo, siempre tan incontrolable, de cuando en cuando imparable, retumbante.

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